El
hombre de la túnica depositó la bolsa en la puerta de fortaleza y se retiró
lentamente en dirección a su caballo. Durante el tiempo en el que cabalgaba, su
cabello rojo oscuro, herencia de los hombres de Nalaria, se zarandeaba gracias
a aquel viento braveador común en esos meses. Su cuerpo temblaba desde los pies
hasta los hombros, él no estaba seguro si era por el frío alborotador o era por
esa horrible sensación de culpa.
–Un
Tenneal no hubiera hecho eso- Resonaba en su noble cabeza. Le era imposible
creer que había sido seducido por Meleor cayendo en una de las peores
tentaciones: La codicia.
Por su culpa esos pobres comerciantes una corta plática con su espada por
solo unas cuantas gemas.
No
dejaba de rezarle al “Creativo” en busca de amparo, De este modo existía la
posibilidad de que el Sanriel sea benevolente como Ralek I, de otra forma sería
llevado a la prisión azul, en donde tirarían su cuerpo al mar, lugar que
impediría que coma con los dioses. Tratando de quitarse esa idea de la cabeza,
cambio el rumbo de su viaje para ir a la taberna más cercana, tal vez ahí podría
encontrar al Tenpar a quién le entrego el botín para que convirtiera su valor
al equivalente de una cantidad apropiada de Terricks, tal vez él podría
solucionar su problema.
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